La situación de esta ciudad en el 32 no es tan idílica como podamos creer. La miseria de la gente es palpable por la forma de vestir de la mayoría de los ciudadanos. Gente trabajadora, vestimenta del clásico mono azul, en las calles es normal la convivencia de carros tirados principalmente por burros o mulas, excrementos en las calles, orina, y humo de los automóviles.
La respiración se hace difícil, cojo un pañuelo y me lo pongo en la nariz. Algunos transeúntes me saludan, les saludo quitándome el sombrero. Parecer un extranjero causa cierta sorpresa.
Los escaparates de las tiendas, hacia tiempo ver por el centro de la ciudad contemplar los maniquíes de aquella época, no crean que han cambiado tanto. La ropa, más formal, no sé quién podrá comprarla. No observo en la población un bienestar social para poder comprar. Sigo mi camino hacia la plaza de la Merced.
En mi familia, mi madre comentaba que mi bisabuelo vivía en un inmueble en calle La Victoria, casa señorial. Creo recordar que estaba en las primeras casas entrando a la calle, sí, vas hacia arriba acera derecha, él número 18.
Me detengo en una tienda en el escaparate, hay ropa de otoño (en esta época las cuatro estaciones del año siguen el ritmo marcado por la órbita terrestre). Me fijo en un espejo, observo que mi fisonomía exterior es como cuando tuve 50 años más o menos. Sin embargo, mi estado interior físico es la edad actual. Me toco el pelo, el blanco ha ido apoderándose desde hace tiempo de mi cabeza, tengo más que ahora. Mi barba está igual que ahora. No entiendo muy bien qué es lo que me pasa, he rejuvenecido 22 años de aspecto , mi interior, no.
Noto en el hombro una mano; “No se asuste hombre, usted es extranjero, ¿se ha perdido no…? ¿De dónde es…? Italiano, entiendo el castellano… está lejos, usted dígame dónde va y le acompaño…” Al mirarlo, es un tipo bajo, vestido con chaqueta de arriero, pantalón de pana, calzado con unas alpargatas, un cigarro sin boquilla que cuando habla no se despega del labio. Chaqueta abrochada, demasiada ropa para el verano, mes dé septiembre.
“¿Qué vamos…? Lo agradezco, prefiero seguir solo…” Se desabrocha la chaqueta… yo, introduzco mi mano al bolsillo interior… “No saque la pipa… que soy un honrado trabajador…” Le seguí con la mirada, vi cómo aligeraba el paso y se metió entre los transeúntes. Respiré profundamente, había dado resultado meter la mano al bolsillo interior de la chaqueta, aunque no tenía bolsillo interior.
Mientras continuaba mi camino, no podía dejar de pensar en el encuentro con aquel hombre. Había algo en su mirada, una mezcla de desconfianza y desesperación, que me resultaba inquietante. ¿Quién era realmente? ¿Por qué se había acercado a mí? : La ciudad estaba llena de historias no contadas, y sentí que acababa de rozar la superficie de una de ellas.
Me acordé que cuando vivíamos en Granada sobre los años 60, fui a recoger a mi padre, había anochecido la espera era larga, no me importaba, esperaba a mí padre, me fijé en el reloj dé la estación, con sus minutero terminados en flecha, el segundero, los números romanos, reloj grande, pegado en la pared, metido en su caja dorada color oro, había un operario que lo limpiaba cada noche, siempre resplandeciente, era una época qué tener un reloj no estaba al alcance de todo el mundo, menos pará un niño dé 10 años, sobre las 12 de la noche llego mí padre, con su cartera dé cuero y parte del equipo dé desinfección, te ayudo.....? ; coge él equipo, le , dije , no, llevo la cartera...... cómo quieras, eres caprichoso..... con tú madre todo bien.....? :
Cómo siempre, ella quiere llevar la razón en todo, así, que me voy a la calle me llevo al pequeño, le gusta verme jugar al futbol.....Tú hermana Conchi..... en brazos dé mamá, la niña está ha salido madrera y llorona...... Tú eres el mayor, te dije que no discutiera con mamá, no, le dejas pasar una...... Estás conversación con mí padre, rutinaria, cada vez que marchaba fuera y eran bastante veces , confiaba en su hijo mayor, para mí era el mejor regalo.
Vivíamos cerca de la Estación: Barriada los Pajaritos, Calle La Paloma, no recuerdo el número, era una planta baja. En ese tiempo toda esta zona era campo, no era extrarradio, estaba cerca de la Estación de ferrocarril, cerca el camino de Ronda estaban las cocheras de la línea de autobuses dé color rojo Alsina Graells, autobuses que tenían líneas con otras ciudades andaluzas. A nosotros nos interesaba el de Málaga.
Esa noche mi padre venía de trabajar para la Renfe en la desinfección de trenes. Aún me acuerdo del nombre de la empresa “Urka”, llegó, en el mercancías que venía de Guadix, lo recogí, me dio un abrazo, me cogió la mano y fuimos en dirección de salida principal de la Estación.
Normalmente cortábamos camino entre las vías, llegábamos antes. Le pregunté a mi padre por qué no salíamos por atrás, me contestó… “De noche, nunca tires por las vías, no se ve, te puede arrollar algún tren o un vagón, ¿sabes lo que te digo…? Sí papá, él no sabía que tiraba por las vías, imprudencias qué pudo costarme más de algún susto.
Las estaciones de trenes para mí eran como andar por casa, estaba acostumbrado desde muy joven a ir a la estación. Me gustaba ver las máquinas a vapor, el trasiego de maletas, la cortesía de los mozos de estación, buscando unas propinas para la casa, los puestos de pipas, garbanzos fritos, botijos de agua puestos en la zona más fresca de la Estación. Nunca bebí de los botijos, una de las tardes que me iba a la Estación, vi a uno de los mozos beber del botijo poniendo la boca en el pitorro, no, fue una buena visión.
La vida en aquellos tiempos era dura, pero también estaba llena de momentos de disfrutar ése momento con tú padre, quedaban grabados en la memoria. Cada rincón de la ciudad, cada estación de tren, tenía su propia historia, esperando ser contada. Y aunque los años pasen, esos recuerdos siguen vivos, como si el tiempo no hubiera pasado. ¿Quién sabe qué otras historias se esconden en las calles de nuestras ciudades, esperando a ser descubiertas?
Continuará.........