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LA INDIFERENCIA.


















En un rincón de esta ciudad, cuyo nombre no quiero acordarme, me encontré con una calle tan estrecha que apenas cabía un suspiro. Allí, los comercios se apretujaban como sardinas en lata, y los restaurantes, con más pretensión que sustancia, ofrecían manjares a precio de oro, aunque con sabor a hojalata. Un mozo, armado con una maquinita infernal, se acercó y, con una cortesía tan falsa como una moneda de tres caras, preguntó: “¿Tú qué quieres?” Sin levantar la vista, tomó la comanda y se apresuró ir a la cocina en un santiamén tenía la comida, más no me di cuenta estaba él mozo...cobrar, como si el tiempo fuera oro y el servicio, plomo. 

Cerca de una iglesia, que en tiempos fue mezquita, los turistas se arremolinaban como abejas en un panal, ajenos al hecho de que, en este rincón del mundo, la historia se mezcla con la modernidad de una manera tan surrealista que hasta Don Quijote se sentiría desorientado.Rocinante enortado.Sancho Panza, mirando al cielo haber sí cae una hogaza de pan. 

Prosiguiendo mi andanza, me topé con un restaurante lleno a reventar, un lugar con sabor al pique. Era el único sitio de esta parte de la ciudad donde se podía comer decentemente, aunque no echen las campanas al vuelo, pues el precio sería un buen pellizco. 

Observé los diferentes comercios, apartamentos de alquiler vacacional, y me encontré con un portal con tantas cerraduras que parecía que habían alquilado hasta el balcón. Las vistas a la calle, aseos y bares de la zona componían una situación tan surrealista que ni el mismo Dalí podría haberla imaginado. Seguimos, y en esta calle se podía encontrar una tienda de todo, como,los chinos, pero en plan pijo. 

Tiene como reclamo una vaca de cartón, con sus cuernos y ubres, preciosa, de color negro y blanco. Los niños tocaban un cencerro, y por un momento el sonido podía hacerte sentir como si estuvieras en un prado. La ilusión por un segundo, viene bien.

Es de admiración la fortaleza mental y física de algunas personas con enfermedad sicromotriz. Observo a una persona que le cuesta cada paso que da, su cuerpo se tambalea, parece que va a caer en cualquier momento. Su forma de caminar es como la de los caballos que se exhiben en la Escuela de Equitación. Sigue en pie, ganando cada paso, un respiro de libertad, una lección de querer vivir.

Personas que te dan una lección de esfuerzo, de creer en uno mismo. Dentro de la dificultad que tiene su enfermedad, se enfrenta en cada segundo, cada minuto del día, a seguir caminando. Este es su reto, demostrarse a sí mismo que sí puede caminar.

Me voy acercando a una plaza, casi rectangular, imposible de transitar. Turistas, repartidores de agua, alimentación, bicicletas (no son para el verano) con ciclistas, cada uno con un cortavientos de un color diferente, una vuelta ciclista con la comida puesta. No es de avituallamiento, ellos la llevan para los clientes de cada equipo.

Antes de abandonar esta calle, observo en un rincón situado al lado izquierdo de un hotel de los caros. En su tiempo fue palacio Señorial, ya saben, de gente de bien, lo de no trabajar, el dinero les viene heredado. La persona es una chica joven, está vuelta de espaldas, cara dando a la pared. En esa parte del hotel, hace bastantes años, había una taberna, cuyo logotipo era una campana, como las de las iglesias.

Siempre he pensado que era un nexo en común con la iglesia: el cura bebe vino en la consagración, los parroquianos en la taberna, solidaridad eclesiástica y feligreses. Cuando la iglesia toca sus campanas, beben más, ya saben, cosas de la religión.

Si Jesucristo convirtió el agua en vino, los parroquianos intentan hacer este milagro. Ocurre que el milagro es que lleguen a su casa. Es posible que esta chica esté oliendo los muros de la antigua taberna y los olores etílicos le hayan hecho quedar en este estado. Prefiero pensar que después de la saturación del vino, despertará… ¿Espero que sí, y no sea “Estrellas negras vieron por sus venas y nadie quiso preguntar”? Clara, canción de Humet.

Como termina la canción, nadie quiso preguntar, incluido el que escribe. La indiferencia se ha establecido en esta sociedad nuestra, el miedo nos atrapa, creemos que con no mirar la escena, desaparecerá. Pues… NO… quedará ahí como recordatorio de qué pasta estamos hechos: insolidarios, vanidosos, pensamos que somos mejores que ella. Les diré: ¿No tuvo suerte al elegir…? Y nosotros tampoco…?

REFLEXIÓN: 


Y así, mientras el sol se ocultaba tras las montañas que rodea está  ciudad, me quedé pensando en la joven junto al hotel, en los turistas que llenaban las calles, y en las personas que, a pesar de sus dificultades, seguían adelante con una determinación admirable. 

La vida en esta ciudad, con sus contrastes y peculiaridades, es un reflejo de nuestra propia existencia: llena de desafíos, pero también de momentos de belleza y esperanza.

La indiferencia que a veces mostramos hacia los demás es un recordatorio de que debemos esforzarnos por ser más empáticos y solidarios. No basta con mirar hacia otro lado y esperar que los problemas desaparezcan. Debemos enfrentarlos con valentía y compasión, recordando siempre que, al final del día, todos estamos hechos de la misma pasta.

Así, con el espíritu de Don Quijote, sigamos adelante, luchando contra nuestros propios molinos de viento, con la esperanza de un mañana mejor. Porque, como bien dijo Cervantes, “el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.


Feliz semana moderadamente felices.

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